
Aquella niña de dieciséis años había descubierto en los amaneceres de su vida una preciada luz. En aquél entonces ella no sabía que sólo podía llegar a ser una linda idea, irrealizable, utópica y un tanto absurda. Mientras tanto, la atesoraba en lo más íntimo de su ser, la masticaba, la rumiaba, la veneraba.
Esa inocencia de la que siempre se había rodeado, facilitaba que esa chispa fuera lo más inmaculado a sus ojos. La invitaba a perderse en ella, a acariciarla, a volverse una con ella, a dejar la vida –mejor si literalmente la dejaba- ahí, a clavar sus sentimientos, su voluntad, su inteligencia en esa sola idea.
A pesar de los sufrimientos, de los silencios, de las tormentas, del vano intento por verla cristalizada ¡en alguien! A pesar de los ímpetus que ponía en descubrirla velada cómo una realidad que no se manifiesta más que con determinada luz, con determinado “espíritu”; nunca logró verla.
Poco a poco la idea, y la posibilidad de su realidad, se fueron perdiendo en un remolino de confusión. Hasta que la pobre niña la perdió de vista, fue sólo un segundo, pero nunca supo cómo recuperarla. Cuando se dio cuenta, la había perdido para siempre.
La gente a su alrededor, al parecer seguía viéndola, pero ella, por más que buscó y buscó, no pudo por su propio pie encontrarla, así que hizo lo único que podía hacer: siguió instrucciones.
Lo que no sabía era que la mayoría de las personas que le daba instrucciones eran igual o más ciegas que ella y la niña entre gritos y sombrerazos acababa doblando a la izquierda, a la derecha, enfrentando, evitando, combatiendo, resistiendo, para siempre…. siempre quedar agotada e igual de perdida.
Así perdió nuestra pobre niña varios años de su vida. Después de darla por perdida, las personas se resignaban y decían que la luz seguía igual, pero ahora le indicaba otro camino ¡Cosa de matices! –decían-. Había estado claro de un tiempo acá…
La pequeña no podía salir de su confusión, y es que, cada vez que intentaba salvar aquella idea, aquella luz, se le escapaba. Intentaba de cualquier manera librarse de las frágiles manos. Por más que ella quería salvarla, ella se rehusaba. Intentó un centenar de maneras para que la luz se quedara en sus manos, para que siquiera la tocara, la iluminara un poco… nada.
Después de un tiempo, sintiéndose rendida, la niña se le ocurrió hacer un trato. Está bien, no me importa no ver la luz, pero necesito tener la seguridad de que ahí está, encontrar alguna manera de sentirla, sin que duela… Silencio… Nada…
Y es que quizá, después de todo, aquella luz era insalvable.
A pesar de los años, nuestra ya crecida niña, dejaba caer lo que había sido su vida todo ese tiempo, por que no podía obligar a la luz a derrotar sus tinieblas, no podía retenerla para sí. Un poco por que la luz no quería, otro poco por que la niña no sabía cómo y había agotado las fuerzas de su vida en vano y un mucho por que –de entrada- aquella luz no tenía un solo sustento razonable, ahora que lo pensaba bien.
Así, se quedó sin saber qué pensar, pues, no podía negarlo, algo de cariño ¡SI QUE LE TENÍA! ...aunque muy a su pesar…